Recogió las últimas pertenencias de su antigua oficina, miró el cuadro con la foto de su familia y con remordimiento la guardó en la caja. Los ojos curiosos de sus ex compañeros y la opresión en su pecho no indicaban otra cosa que un estrepitoso despido, un hombre como cualquiera, pero sin nada más que perder, acaso los treinta mil dólares de su indemnización, ya no era dueño de aquella hermosa casa donde formó su familia, ni de aquel lujoso auto que lo reconfortó por varios kilómetros, poco le importaba que su esposa y sus dos pequeños hijos lo esperaran en aquel departamento rentado. Salió con la mirada perdida, no saludó ni escuchó a nadie hacerlo, cuando respiró el húmedo aire de la ciudad se dió cuenta que ya estaba en la calle, ¿y ahora que...? se preguntó, y al no encontrar respuesta actuó impulsivamente, luego de guardar la foto de su familia en un bolsillo tiró todo lo demás. Era normal en él desempeñarse por impulsos incluso compulsivos que lo llevaron a enviciarse con la adrenalina de una mano bien jugada, con el ruido de los dados entre sus dedos, mirar la bola girar por sobre la ruleta y con las mismas palpitaciones que un futbolista profesional patea un penal definitivo, esperar que cayera en el número elegido.
Aunque quería que aquello se terminara, su adicción incontrolable lo llevó a esta situación, sin nada, con muchas promesas rotas a quienes lo amaban e incluso idolatraban, al mismo tiempo que maldecía vivir en Montecarlo y tan cerca del casino. Se le ocurrió que esta podría por fin ser la última vez, su última jugada, hacia el casino fue con desesperación, obsesionado por pisar nuevamente la magnífica alfombra del hall central, cientos de sonidos se mezclaban con algunas sonrisas y muchas lágrimas de los miles de jugadores que eligieron aquel destino "salvador". Compró los treinta mil dólares en fichas, eligió la ruleta más cercana y apostó todo al colorado, porque sentía que dejaba en el tibio paño hasta la sangre, el croupier giró la ruleta y lanzó fuertemente la bola, pensó en cambiar su apuesta pero escucho, "no va más..." La bola caía y rebotaba, la rueda parecía detenerse, de pronto todos los números se vieron negros, sintió como si un puñal se le clavaba en los pulmones, contuvo la respiración hasta que, todos susurraron y el oyó, "Colorado el doce", exhaló todo el aire contenido, había duplicado su apuesta, por lo que ya inmerso en su vicio no dudó en dejar todas las fichas en el mismo color, otra vez la misma angustia, el mismo sentir, de nuevo colorado, que otra vez se repitió, tenía en su poder ciento veinte mil dólares y se convenció de apostarlo todo al color negro, un pálpito, una premonición. Toda la mesa prestaba atención a su desempeño, incluso algunos curiosos se acercaron, al momento de ver la bola lanzada un escalofrio le corrió por el cuerpo y sin pensar se adelantó al tirador y sacó cuarenta mil de color y lo apostó rápidamente al número cero, nuevamente, "no va más..." Cerró sus ojos con fuerza, imploraba, en eso se escuchó un griterío en la mesa y el croupier diciendo "cero". Había acertado y ganado más de un millón de dólares, todos lo abrazaban y felicitaban, no lo podía creer, hasta el personal de seguridad del casino tubo que acercarse, tres bolas lanzadas cambiaron su vida, no a él, era el mismo que había entrado al casino. Quizás peor porque aunque era dueño de un millón, también era responsable de otra promesa rota. No quiso seguir jugando, acompañado por muchas personas fue a cambiar las fichas, le hablaban de una deducción de impuestos, le sacaban fotos, le pedían autógrafos, todo era irreal solo quería el dinero.
Le entregaron un cheque con la increíble suma de poco más de un millón de dólares, le ofrecieron llevarlo a su casa, tomo el cheque, pero con una mezcla de sentimientos que lo acongojaban, mitad euforia mitad tristeza, prefirió caminar. En una mano el cheque en la otra la foto de su familia, caminó sin prisa pero sin pausa, quería llevarles el dinero y prometerles una vida mejor, proponerles mudarse hacia algún pueblo tranquilo, llevarles una solución definitiva.
Llegó a la puerta del edificio, miró el séptimo piso y vió los haces de luces resplandecer por las ventanas, no tomó el ascensor, prefirió la escalera y por primera vez contó los ciento cuarenta y siete escalones. Respiró una bocanada de aire que lo tranquilizara pero no podía, su mano temblorosa apenas pudo abrir la puerta, dentro de la casa, en la sala, lo aguardaban su mujer y sus hijos, no pudo entender como ellos lo estaban aguardando con amor y se lo hicieron notar con abrazos y sonrisas, un suave olor a salsa casera salía de la vieja cocina, lo estaban esperando con ansias, como si lo mereciese pensó. No pudo hablar, solo disfrutó de ese instante, una lágrima contenida lo llevó hasta el único dormitorio que tenía el departamento, dejó el cheque sobre la cama y sin soltar una palabra salió disparado y subió los tres pisos hasta terraza. Mientras el viento jugaba con su cabello grasoso, sintió amargura de pagarle a sus seres queridos con esas acciones. Ya no importaba el dinero, de hecho a ellos solo les importaba él, y lo que hacía, aquel dinero solo les serviría de una forma, su familia solo estaría bien de una manera, se acercó al borde de la terraza y abrazando el viento, se suicidó.

se suicida por su cargo de conciencia o porque te gustan las tragedias??? igual muy bueno